sábado, 30 de enero de 2016

La Sutil Herejía de Francisco: ¿Quién es un verdadero cristiano?


¡PRECAUCIÓN! ¡Francisco habla!






La Sutil Herejía de Francisco: ¿Quién es un verdadero cristiano?


Todos sabemos que a Francisco le gusta hablar mucho, y sobre todo le gusta señalar lo que, a su juicio, se requiere para ser un “verdadero” cristiano: Las cosas deben hacerse de esta manera o de esa otra, y no podemos hacer esto o lo otro . Por ejemplo, debemos ser siempre “inclusivos”, debemos acoger a todos sin distinción, usted no debe ser un [inserte aquí el insulto Bergogliano de su elección], no debe mostrar una cara de funeral, no tenga una sonrisa de azafata, no puede estar” cerrado en sí mismo“, etc., hasta la saciedad. Casi todos los días, seguimos oyendo la misma palabrería modernista de una mente seudo-teológica chapada en la década de 1960.

Lo que a mucha gente le pasa desapercibido sin embargo, es que cuando Francisco dice que a menos que hagas esto o aquello, o que dejes de hacer esto o aquello, usted no es un “verdadero cristiano”, en realidad está pronunciando una herejía. Es un dogma que lo que hace a alguien ser un verdadero cristiano es la fe sobrenatural, y la verdadera fe puede existir incluso sin la caridad. Una fe sin caridad no sería una fe salvadora, es cierto, lo que significa que no llevaría al cielo si no se tiene con caridad, pero, no obstante, es verdad, que la fe sobrenatural hace que un verdadero cristiano, sea un verdadero católico.

Recordemos que el 28 de enero de 2016, Francisco predicó una homilía en la que una vez más promovió su dogma de que “todos deben ser acogidos”, justo cuando Europa está actualmente invadida por hordas de musulmanes anti-cristianos, la mayoría de los cuales, precisamente, no son refugiados sino meros inmigrantes – no vienen familias famélicas con niños pequeños, sino sobre todo hombres jóvenes, fuertes y bien alimentados rebosantes de testosterona. Esto es lo que el impostor papal se atrevió a decir: 

"Y este es uno de los rasgos de un cristiano que ha recibido la luz en el Bautismo, que está obligado a comunicarla. Es decir, el cristiano es un testigo. El dar testimonio es una de las características de la conducta cristiana. Un cristiano debe llevar esta luz, debe demostrar que él es un testigo. Cuando un cristiano prefiere no mostrar la luz de Dios, sino que prefiere su propia oscuridad, esto sucede en su corazón porque tiene miedo de la luz. Y es a los ídolos, que son oscuros, a quienes más ama. Así pues le falta algo : sin ello no es un verdadero cristiano. Debe ser testigo: un cristiano debe ser testigo de Jesucristo, testigo de la Luz de Dios. Tiene que poner esa luz sobre el candelero de su vida."(“El Papa: El cristiano debe tener un gran corazón que acoja a todos”, News.va, 28 de enero 2016; el subrayado es nuestro).

Aparte del hecho de que Francisco únicamente lanza la acusación de “idolatría” contra los católicos, y nunca contra los idólatras reales, y sin tener en cuenta, por el momento, que el “Papa” aquí está siendo completamente hipócrita en su exhortación a ser un testigo de Cristo – sólo necesitamos recordar por ejemplo, su deseo obsesivo de ocultar la cruz o el crucifijo, su obstinada negativa a predicar jamás a Cristo a los musulmanes o a los judíos, en lugar de ello reafirmándolos en sus errores – lo que Francisco pronunció aquí es una herejía protestante condenada por el Concilio de Trento. Es la herejía de que la fe sin obras (“caridad”) no es una verdadera fe:

Veamos: “Si alguno dijere, que si la gracia se pierde por el pecado, la fe también siempre se pierde con ella o bien, que aunque siga habiéndola, aunque no sea una fe viva, no es una verdadera fe, o bien, que el cristiano que tiene fe sin caridad, no es cristiano; sea ​​anatema “(Concilio de Trento, Sesión VI, Canon 28; el subrayado es nuestro ).

Por supuesto, cuando un hombre no posee o profesa la verdadera fe, hay que suponer que da lecciones al mundo sobre lo que constituye la verdadera fe, por lo que no es sorprendente que él, Francisco, lo esté haciendo mal.

Para que no haya mal entendidos, es necesario aquí hacer algunas distinciones para que tengamos claro lo que estamos diciendo: La fe sin obras, es decir, la virtud de la fe sin la virtud de la caridad, no justifica, no lleva a la salvación . En este sentido, por lo tanto, es una fe muerta, como Santiago dice: “Porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto; así también la fe sin obras está muerta “(Santiago 2:26). Sin embargo, es una verdadera fe, aunque esté muerta, tal como el Concilio de Trento lo definió infaliblemente.

Cuán profundamente importante es esto se puede ver si tenemos en cuenta las implicaciones de la herejía de Francisco. Si la fe sin obras no fuese una verdadera fe, entonces esto significaría que cada vez que un católico actúa contra la caridad, es decir, cuando está en pecado mortal, o cada vez que un católico “no acoge a todos, todos los días” o está “cerrado en sí mismo”, etc., ya no es cristiano, ya no es católico. Esto significaría que todos y cada uno de los pecados mortales harían que ya no se fuera miembro de la Iglesia. Y esto a su vez significaría que, puesto que no podemos saber quién está o no está en estado de gracia en cualquier momento particular, nunca podríamos saber quién es en realidad un católico, quién es miembro de la Iglesia. La visibilidad de la Iglesia se desvanecería, y no es casualidad que los protestantes niegan precisamente esta visibilidad.


Más aún, puesto que aquellos que no son miembros de la Iglesia, lógicamente, tampoco pueden ejercer la autoridad en la Iglesia (cf. Canon 188 § 4), se seguiría que cuando un pastor, un obispo, o incluso un Papa se involucra en un pecado mortal y por lo tanto pierde la virtud de la caridad (dada por la gracia santificante en el alma), dejaría a su vez de ser un pastor válido, el obispo local, o el Papa. Así que uno no podría saber quiénes son los pastores legítimos o quiénes tienen una autoridad válida para gobernar, enseñar y santificar. Daría como resultado el caos, y la Iglesia no podría en serio pretender ser el única Arca de Salvación, ya que uno ni siquiera podría identificar a la Iglesia en un momento dado de la historia.

En contraste con la herejía protestante sutilmente aprobada por Bergoglio, el Papa Pío XII enseñó en su hermosa encíclica sobre la Iglesia:


Uno no debe imaginar que el cuerpo de la Iglesia, sólo por llevar el nombre de Cristo, en los días de su peregrinación terrena conste únicamente de miembros conspicuos por su santidad, o que se compone solamente de aquellos a quienes Dios ha predestinado a la felicidad eterna. Por la misericordia infinita del Salvador se permite que en su Cuerpo Místico aquí abajo estén aquéllos que Él desde el principio no excluyó del banquete. Porque no todo pecado, por grave que sea, lleva en su propia naturaleza el poder separar a un hombre del Cuerpo de la Iglesia, tal como lo hace el cisma, la herejía o la apostasía. Los hombres pueden perder la caridad y la gracia divina por el pecado, convirtiéndose así incapaces del mérito sobrenatural, sin embargo no serían privados de la vida eterna si aferrados a la fe y la esperanza cristiana, e iluminados por la gracia de lo alto fuesen movidos por los impulsos interiores del Espíritu Santo por un temor saludable a la oración y a la penitencia por sus pecados.(Pío XII, Encíclica Mystici Corporis, n 23; el subrayado es nuestro.).

La enseñanza católica es muy clara. Hay que tener fe y caridad (“obras”) para salvar el alma, y es la caridad la que da vida a la fe y la hace fructífera. Con cada pecado mortal la caridad se pierde, por lo que ya no se posee la vida sobrenatural de la gracia. Sin embargo, la fe no se pierde, a menos que, por supuesto, el pecado fuese contra la misma fe, como la herejía o la apostasía.


El Concilio de Trento ha expuesto bellamente este punto:


CAPÍTULO XV.Por eso, por cada pecado mortal, la gracia se pierde, pero no la fe.En oposición también a los ingenios sutiles de ciertos hombres, que, por discursos agradables y buenas palabras, seducen los corazones de los inocentes, está la doctrina que mantiene que la gracia recibida de la justificación se pierde, no sólo por la infidelidad por la que incluso se pierde la fe misma, sino por cualquier otro pecado mortal cualquiera que sea, aunque no se pierde la fe; se mantiene así la doctrina de la ley divina, que excluye del reino de Dios no sólo a los incrédulos, sino a los fieles que sean fornicarios, adúlteros, afeminados, sodomitas, ladrones, avaros, borrachos, maldicientes, estafadores, y todos los demás que cometen pecados mortales; de los cuales, con la ayuda de la gracia divina, pueden salir cuando están separados de la gracia de Cristo.(Papa Pablo III, Concilio de Trento, Sesión VI, Capítulo 15; el subrayado es nuestro).

Vemos, pues, que no es simplemente una cuestión académica de terminología, como en, “Oh, bueno – en vez de fe muerta, él dice fe falsa; ¿cuál es la diferencia? “La diferencia es enorme. En última instancia, no se podría saber quién es o no es católico. Eso es particularmente importante en nuestros días, cuando tantas personas dicen ser católicas, pero en realidad no lo son.

¿Cómo, entonces, podemos determinar quién es miembro de la Iglesia? Pío XII abordó esta cuestión en la encíclica ya citada, por lo que el asunto muy fácil de entender:


En realidad sólo han de ser tenidos como miembros de la Iglesia los que han sido bautizados y profesan la verdadera fe, y quienes no han sido tan desafortunado como para separarse de la unidad del Cuerpo, o han sido excluidos por la autoridad legítima por graves faltas cometidas . “Porque en un solo espíritu”, dice el Apóstol, “fuimos todos bautizados formando un cuerpo, judios o griegos, esclavos o libres.”(Pío XII, Encíclica Mystici Corporis, n 22; el subrayado es nuestro.).

Así que, para ser miembro de la Iglesia, para ser católico, hay que (1) estar bautizado válidamente; (2) profesar la verdadera fe católica; (3) no estar en el cisma; y (4) no estar bajo la excomunión (aquí los canonistas y moralistas hacen algunas distinciones más pero no hay por qué desarrollarlas aquí).


Nota en particular al punto N. 2: Hay que profesar la verdadera fe. Pío XII no dice sólo que no se tiene que creer independientemente de lo que se profesa. Esta distinción, de nuevo, es crucial, ya que afecta directamente a la visibilidad de la Iglesia: Si bien es posible, por ignorancia invencible, asentir por error a una herejía y con todo conservar la virtud de la fe, pero si exteriormente se profesa la adhesión a esta herejía, se deja de ser miembro de la Iglesia. (Esto contradice otro error de Francisco esta vez un error de exceso contrario a su error de defecto expuesto aquí, según el cual todos los miembros bautizados son de la Iglesia, sin que importe qué fe profesan. Eso también es una herejía.)

Por esta razón, la Iglesia Católica no puede considerar a los miembros individuales de las sectas heréticas como católicos, incluso si ellos no son culpables de sus herejías aunque quizás incluso posean la virtud de la fe. (El rechazo de esta importante consideración es uno de los errores fundamentales de la falsa eclesiología del Vaticano II, que otorga “la comunión parcial” a los herejes a cuenta de un bautismo válido. Por favor escuche nuestro podcast sobre esta cuestión).

Por la misma razón, el Código de Derecho Canónico de 1917 compilado bajo el Papa San Pío X y solemnemente promulgado por Su Santidad el Papa Benedicto XV, legisla que cualquier defección pública de la fe da por resultado una inmediata y automática pérdida del cargo a todos los clérigos, sin necesidad de una declaración: “Cualquier oficio queda vacante en el mismo hecho (ipso facto) y sin ninguna declaración, por renuncia tácita del clėrigo al mismo, reconocida por la propia ley: … 4. ° defección pública de la fe católica” (Canon 188 § 4). Esta pérdida de autoridad no es un castigo impuesto por la Iglesia, sino que simplemente se sigue necesariamente y, por tanto, es automática como consecuencia de haber dejado de ser miembro de la Iglesia debido a la profesión pública de la herejía. (En esto, por favor consulte también: “La Silla sigue vacía” y “Herejes Públicos y la pérdida de los oficios").

La defección de la fe – la herejía y la apostasía – son simplemente incompatibles, por su propia naturaleza, con ser miembro de la Iglesia Católica, que es esencialmente visible según la constitución divina de su Fundador, Nuestro Señor Jesucristo. (Lo mismo ocurre con el cisma, que, sin embargo, es un pecado contra la caridad, no contra de la fe.)

Así que, si echamos una buena ojeada a todo esto, ¿qué podemos concluir? Llegamos a la conclusión de que aquí hay una ironía deliciosa: Francisco mismo no es un verdadero cristiano, y la demostración de esto es, entre otras muchas cosas, ¡su enseñanza acerca de lo necesario para ser un verdadero cristiano! Por no ser un verdadero cristiano, sino hereje, o mejor dicho por ser un apóstata, él no es miembro de la Iglesia Católica y no puede ocupar ningún puesto de autoridad en ella. Él es no Papa y no tiene derecho a enseñar a nadie, y menos a los católicos, en materia de religión. Su “fe” no es sólo una fe “muerta”, es mucho peor: es inexistente. Él no tiene ninguna fe, ¡ninguna en absoluto! La fe necesaria no puede tenerse en grados, se tiene o no se tiene:


Tal es la naturaleza del catolicismo que no admite más o menos, sino que debe aceptarse en su conjunto o en su conjunto rechazarse: “Esta es la fe católica, que a menos que un hombre crea fiel y firmemente, no puede ser salvado” (Credo de Atanasio).(Papa Benedicto XV, Encíclica Ad Beatissimi Apostolorum, n. 24)


Ahora bien no se deje engañar por dos o tres cosas “católicas” que diga Francisco en algunas ocasiones, y que los apologistas “conservadores” modernistas están encantados de remarcar. El Papa León XIII señaló:


“Nada puede haber más peligroso que esos herejes que admiten casi toda la doctrina, y sin embargo, con una palabra, al igual que con una gota de veneno, infectan la fe verdadera y simple enseñada por nuestro Señor y transmitida por la tradición apostólica.” La práctica de la Iglesia siempre ha sido la misma, como lo demuestra la enseñanza unánime de los Padres, que estaban acostumbrados a juzgar como fuera de la comunión católica, y ajeno a la Iglesia, al que cediera en lo más mínimo en cualquier punto de la doctrina propuesta por su Magisterio autoritario.(Papa León XIII, Encíclica Satis Cognitum, n. 9)

No caigan en ser demasiado benévolos con Bergoglio y la banda modernista, ¿eh? Del mismo modo que un mentiroso no deja de ser un mentiroso sólo porque él diga la verdad en algunas raras ocasiones, tampoco Francisco deja de ser un hereje porque él diga alguna que otra vez cosas compatibles con el catolicismo. Incluso un reloj estropeado da dos veces al día la hora exacta – accidentalmente.

Pero para los fans de Ratzinger que ahora mismo están pensando “¡Oh, si Benedicto XVI no hubiera renunciado! ¡Si lo tuviéramos como papa todavía! ¡Benedicto, Benedicto! “- tenemos una pequeña píldora para su nostalgia: Hace algunos años, el P. Ratzinger pronunció la misma herejía protestante exactamente como el señor Bergoglio: “La fe, si es verdadera, si es real, se convierte en amor, se convierte en caridad, se expresa en la caridad. Una fe sin caridad, sin este fruto, no sería verdadera fe. Sería una fe muerta “[muerta sí es pero no deja de ser verdadera, aunque no salvadora, y puede no convertirse en amor] [(Benedicto XVI, Audiencia general, 26 de noviembre 2008). Así lo afirma Benedicto XVI. ¿Quien esta bien? ¿Ratzinger, ya registrado  bajo sospecha de herejía en la década de 1950, o el Consejo infalible de Trento?

¿Hay alguien para hacer la “Hermenéutica de la continuidad”?





Fuente. Novus Ordo Watch, traducción de Amor de la Verdad







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